domingo, 8 de julio de 2012

El Articulo memorioso: Para recordar lo que sucedía hace dos años atrás en vísperas del Bicentenario en relación a la educación publica de la Ciudad de Bs.As.


Qué historia sumerge la historia oficial

Memorias de un país

Por Jorge Gelman *
Como ciudadano me parece una barbaridad que un gobierno se permita censurar los contenidos elaborados por un grupo de historiadores para repensar el significado del Bicentenario y el recorrido de dos siglos de historia. Como historiador me parece una aberración. Parece querer decir que hay una institución, en este caso el Ministerio de Educación de la ciudad, que se arroga el derecho de definir cuál es la “verdad histórica” que se debe enseñar. Y la historia, como la realidad social en la que vivimos, no es una, sino múltiple. Los acontecimientos, los procesos, no tienen sentido en sí, sino dentro de un contexto interpretativo que depende de nuestro lugar en el mundo, de nuestras ideas, de nuestro conocimiento, etc. Por ello es que lo esencial del aprendizaje no debe residir en aprender “la verdad”, sino en la adquisición de herramientas para que cada uno alcance la capacidad de observar la historia y el presente de manera crítica y desde diversas perspectivas.
El material elaborado para las escuelas secundarias porteñas en el marco de las actividades del Bicentenario de la Revolución de Mayo se inscribe dentro de la renovación de los estudios sobre la historia política latinoamericana del siglo XIX y sobre los modos de concebir la formación de los Estados nacionales. Desde hace varias décadas existen programas de investigación de escala continental orientados por esta perspectiva. Como explican las autoras en la introducción a estos materiales, “los relatos históricos previos a este cambio explicaban los procesos de independencia política desde un enfoque teleológico –o ‘al final del camino’—, en el cual la idea de nación se suponía previa a la existencia de las naciones mismas”. De esta manera, en los relatos prevalecientes sobre la construcción del Estado-nación argentino sólo interesaba conocer todo aquello que había contribuido a su constitución “inexorable”, que estaba “en la naturaleza de las cosas”, haciendo caso omiso a una gran variedad de alternativas con las cuales se enfrentaron los actores de esos procesos y que podían haber llevado a resultados distintos. Por mencionar apenas un ejemplo entre mil: en el famoso Congreso de Tucumán que proclama la independencia de las Provincias Unidas de Sudamérica, esta indefinición espacial (“Sudamérica”) expresa bien la indefinición del espacio político que se quería constituir. Baste pensar que en dicho Congreso no se hallaban presentes las provincias del litoral –en ese momento bajo control artiguista– y sí estaban los representantes de algunas del Alto Perú, luego incluidas en Bolivia. Por no mencionar el absurdo de pensar qué tipo de expectativa podían tener sobre ese congreso las poblaciones aborígenes de Pampa-Patagonia y el Chaco, que habían resistido la dominación española durante toda la colonia y lo seguirían haciendo hasta finales del siglo XIX con los gobiernos republicanos. Es evidente que estos actores (y muchos más, los “gauchos”, los esclavos, los comerciantes peninsulares, sus hijos criollos, etc., etc.) tenían perspectivas muy distintas sobre lo que estaba aconteciendo y lo que querían que sucediera.
En el trabajo censurado que aquí comentamos, sus autoras explican que aquella “ficción” historiográfica eliminaba los caminos alternativos en la construcción de ordenamientos e identidades políticas y así anulaba las tensiones y resistencias que tuvieron lugar en el largo proceso de construcción del Estado y la nación y de sus posteriores transformaciones. Ninguna propuesta seria y rigurosa de enseñanza de la historia que considere estos temas puede desconocer este tipo de abordaje, que reconoce la recepción de nuevas –y no tan nuevas– corrientes que se desarrollan en la investigación histórica internacional. Así recuperan una potente tradición historiográfica que, desde Benedict Anderson y Eric Hobsbawm a Tulio Halperín y José Carlos Chiaramonte en nuestro país, consideran a las naciones como productos históricos, nacidas en un tiempo y espacio determinados.
Las autoras proponen a las celebraciones del Bicentenario de la Revolución de Mayo como una oportunidad para revisar desde la enseñanza de la Historia y la Educación Cívica algunos temas clásicos como la cuestión nacional, las instituciones republicanas, la ciudadanía, las formas de identidad y de asociacionismo. Es una muy buena noticia que estas interpretaciones se enseñen en nuestras escuelas públicas. Es una muy mala noticia que estas propuestas sean censuradas.
* Instituto Ravignani, UBA-Conicet.


¿Qué teme Bullrich?

Por Raúl O. Fradkin *
El ministro de Educación del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires eligió el peor modo de conmemorar el Bicentenario: censurar los materiales que preparó un equipo de especialistas (¡del propio ministerio!) para apoyar la enseñanza de la historia en las escuelas medias. Para un historiador, la lectura de esos materiales es una grata noticia. Su lectura muestra que (¡por fin!) desde un ámbito oficial se impulsaba una auténtica renovación de los enfoques aprovechando algunas de las principales novedades producidas en la disciplina. Al parecer, el ministro cuestiona el empleo de una categoría analítica –los grupos sociales subalternos– propuesta por Antonio Gramsci y ello no puede dejar de ser alarmante. No sólo porque supone un acto de censura y discriminación ideológica, sino porque ese “razonamiento” llevaría a excluir de la formación de los profesores y de los insumos imprescindibles para la enseñanza de la historia buena parte de los aportes que ha hecho la historiografía en el último medio siglo. Alcanza con inventariar los autores que escribieron libros decisivos apoyándose en esta categoría para imaginar sus consecuencias: ¿alguien puede imaginarse cómo un docente enseñaría las formas históricas de la rebeldía popular sin conocer lo que escribió Eric Hobsbawm en los años ’50? ¿Cómo haría para enseñar la revolución industrial y la formación de las clases obreras si desconociera la contribución de Edward Thompson en los ’60? ¿Cómo abordaría las historias de las culturas populares europeas sin tener en cuenta los textos que en los ’70 ofrecieron Carlo Ginzburg, Giovanni Levi o Natalie Zemon Davis? ¿Podemos imaginar cómo sería la enseñanza de la historia americana sin los libros de Alberto Flores Galindo, Steve Stern, Enrique Tandeter, Juan C. Garavaglia o Carlos S. Assadourian? Más aún, ¿cómo sería una historia de la Argentina del siglo XX sin leer lo que escribieron Juan C. Portantiero, Miguel Murmis, José Aricó, Ernesto Laclau o Daniel James? La conclusión es clara: según parece, el ministro quiere una enseñanza de la historia basada en visiones perimidas y superadas. No parece el mejor camino para enseñar una historia científicamente actualizada a estudiantes del siglo XXI... Mejor sería que destinara una partida presupuestaria para que cada docente de la ciudad disponga de una biblioteca actualizada con lo mejor de la bibliografía internacional.
El episodio nos muestra que la enseñanza de la historia debe ser (¡de una vez por todas!) la enseñanza de una disciplina científica. Es una necesidad educativa y la aspiración de la inmensa mayoría de los profesores. Pero, para que sea posible, las autoridades de este ministerio deben propiciar condiciones favorables. Una, imprescindible, es el pluralismo; otra, no menos imprescindible, la actualización permanente de los docentes.
Cabe, entonces, una pregunta: ¿qué le molestó al ministro, a sus asesores o allegados influyentes? ¿Una cita de Gramsci puesta al pie de página? ¿O que en estos materiales se haya elegido prestarles preferente atención a los pueblos originarios, a los esclavos y a los afrodescendientes, a las mujeres y a los trabajadores, ocupados o desocupados? ¿Qué es lo que se busca: una enseñanza de la historia que los excluya? El ministro debiera entenderlo: la inclusión de este tipo de actores sociales en el relato histórico no sólo pone en línea a la enseñanza escolar de la historia con las perspectivas de la historiografía internacional sino que les ofrece a los estudiantes una imagen mucho más rica, dinámica y plural de nuestra historia, amplía el universo de los protagonistas y les permite reconocerse en esa historia. Quizá lo entiende y es justamente eso lo que teme.
* Profesor adjunto de Historia Argentina de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA y profesor asociado de Historia de América de la Universidad Nacional de Luján.


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